PRIMEROS POBLADORES
Una de las riquezas hispanas más exaltadas por los escritores de la Antigüedad fue como acabamos de ver la minería, algo en lo que destacó la provincia Baetica, y más concretamente la zona de Sierra Morena. Y, de hecho, gran parte de la prosperidad de Corduba y su entorno territorial en las épocas prerromana y romana se basó en la densidad minera de Sierra Morena, cuyo nombre actual parece derivar de la denominación antigua, Mons Marianus (quizá Cerro Muriano); unas minas que habían sido ya explotadas desde mucho antes tanto por los cartagineses como por los reyezuelos turdetanos, y que justifican por sí mismas la peculiar idiosincrasia de estas tierras, geomorfológicamente diferentes y, ya desde la Prehistoria, con un poblamiento adaptado claramente a su paisaje y recursos propios que se diferencia en multitud de aspectos de áreas mucho más ricas como fue la propia Campiña.
Hoy, sabemos con certeza científica que esta comarca, englobada genéricamente en la región de Sierra Morena por los estudiosos que se dedican a la minería antigua en España, posee como ya hemos indicado importantes y numerosos depósitos de sulfuros metálicos de plomo, plata y cobre, pero este conocimiento no es nuevo: su existencia explica la aparición del primer poblamiento en la zona, o al menos del primer boom poblacional, en época calcolítica. A este momento corresponden los primeros poblados entendidos como tales de la zona (La Calaveruela y Los Castillejos en Fuente Obejuna, Cerro del Peñón en Peñarroya, Sierra Boyera y Sierra Palacios en Belmez), habitados por prospectores de metal en superficie que hacen de la metalurgia del cobre una de sus señas de identidad. Pruebas de la actividad minera en estos momentos son los denominados "mazos" o "martillos" de minero, útiles generalmente de gran tamaño labrados en piedras duras como el granito o la granodiorita, de variada morfología y caracterizados por un surco que facilita su enmangue, los restos de cuarzo cuprífero, las escorias, gotas de fundición, fragmentos de toberas para los hornos y los crisoles que aparecen en los más importantes poblados, así como numerosos restos metálicos (puntas de Palmela, cinceles, sierras, punzones, hachas...), que documentan una metalurgia plenamente consolidada, primero en cobre y, muy pronto, en bronce.
Pero estas gentes desarrollaron también, con cierto carácter sistemático, la agricultura y la ganadería. De la dedicación preferencial de la primera a la producción de cereales son testimonio la enorme cantidad de molinos de mano que siembran cualquiera de los yacimientos calcolíticos antes citados, incluso en superficie; de la segunda, dan prueba el control de las cañadas ganaderas que supone la ubicación de los numerosos dólmenes documentados en la zona. Unos dólmenes que son sencillamente tumbas colectivas de inhumación utilizadas en buena medida como marcadores de territorio; de ahí que habitualmente se dispongan a lo largo de las cañadas por las que transitaba el ganado, o bien controlen determinados recursos específicos, como es el caso de pozos de agua, vados, o simplemente afloramientos de mineral.
L
as etapas calcolíticas y de la Edad del Bronce en esta zona han sido investigadas fundamentalmente por J.F. Murillo (1986), quien observa el primer auge de la minería en coincidencia con la aparición de la cerámica campaniforme, al tiempo que una estrecha correspondencia entre la ubicación de los poblados calcolíticos y los yacimientos cupríferos, hasta el punto de que la práctica totalidad de aquellos incluye uno o varios de éstos dentro de su territorio potencial de explotación.
De la plena edad del Bronce continuamos teniendo, aún hoy, un desconocimiento casi absoluto. No ocurre lo mismo, sin embargo, con el Bronce Final, también estudiado por Murillo (1994), etapa en la que las tierras cordobesas conocen un extraordinario florecimiento, centrado fundamentalmente en la Campiña, pero al que no es ajeno el sector serrano. Ahora, las actividades mineras y metalúrgicas alcanzan un considerable auge, y en su desarrollo debemos considerar también el elemento colonial fenicio -atraído sin duda por la riqueza en plata de estas tierras-, del que a partir del siglo VII a.C. comienzan a documentarse huellas materiales en alguno de los escasos asentamientos de esta etapa claramente reconocidos, caso por ejemplo de La Atalayuela, en Alcaracejos, próximo a varias minas de cobre y plomo argentífero.
Unos asentamientos que estarían dominados por grandes señores, metalúrgicos, guerreros, agricultores y también ganaderos, que muy probablemente tienen mucho que ver -o al menos se deben contar entre los descendientes- con los representados en las denominadas "estelas decoradas"; unas manifestaciones arqueológicas supuestamente funerarias que por el momento se limitan en su aparición a la zona de Los Pedroches, pero que debieron ser utilizadas con la misma finalidad que antes habían cubierto los enterramientos calcolíticos de carácter monumental.
Se trata, en definitiva, de una etapa muy poco pródiga en hallazgos por lo que se refiere a la comarca del Guadiato, pero que aún así nos ha dejado en Belmez un testimonio inequívoco de la presencia de pobladores que debían seguir contando la metalurgia entre sus actividades más importantes. Se trata de un tesorillo de oro recuperado de forma casual en 1933, enterrado seguramente por un fundidor y con una cronología que, grosso modo, podría situarse entre los siglos X-IX a.C. Lo componen un torques de oro macizo y un amasijo a medio fundir con restos de joyas de oro (entre las cuales un vasito con doble asa), y varias tortas de plata. La pieza más importante es el torques, decorado a base de triángulos incisos, simples o rellenos de reticulado. Constituye uno de los hallazgos más suroccidentales de la orfebrería de tipo atlántico, y sus paralelos más cercanos se encuentran en Lora del Río y Azuaga.
Ya para tiempos inmediatamente prerromanos nos consta la pertenencia de estas tierras a una comarca singular: la Baeturia, que según los autores antiguos que nos han transmitido información sobre el tema (básicamente Plinio el Viejo, en su Naturalis Historia) se dividía en céltica y túrdula, integrándose el norte de Córdoba en la segunda. En realidad ignoramos la trascendencia de tal atribución, pero de lo que no cabe duda es que supone el reflejo de una cierta singularidad que incide de nuevo en el carácter de transición, geográfica y cultural, para una zona que todavía hoy lo mantiene en buena medida.
De cualquier forma, si algún aspecto arqueológico singulariza las tierras septentrionales de Córdoba ése es el de la relativa frecuencia en hallazgos de ocultaciones o "tesorillos" de plata, de cronología inmediatamente prerromana o ya incluso romana, que se perfilan de nuevo como importante indicativo del más importante recurso económico de la zona. Si bien su gran sistematizador fue originalmente K. Raddatz, tales conjuntos, cuyos enterramientos entroncan directamente con el proceso de conquista romana del territorio, a la vez que son claro exponente de la riqueza en plata de estas tierras y del hibridismo cultural que lógicamente caracterizó los primeros siglos de presencia romana en la zona, han sido objeto reciente de una magnífica síntesis a cargo de F. Chaves, quien realiza un completo catálogo no sólo de las monedas, sino también del resto de objetos que habitualmente componen los tesorillos: piezas de vajilla, torques, brazaletes, fíbulas, colgantes, etc., ofreciéndonos una visión global del tema que hace del todo ineludible su consulta.
De esta manera, además de conjuntos estrictamente monetarios en plata, como el de La Loba, Pozoblanco, Montoro, Espejo o Córdoba, en la provincia contamos con otros importantes hallazgos que incluyen tanto numismática como alguno o todos los objetos antes reseñados, indicativos claros de atesoramientos y ocultaciones propias de tiempos de inseguridad. F. Chaves recoge en su catálogo los conjuntos de Los Almadenes, en Pozoblanco; El Alcornocal, en Fuente Obejuna -para este último, vid. infra-; Villanueva de Córdoba ; Dehesa de Azuel (Montoro) y El Marrubial, a la salida de Córdoba .
El
vaso de El Alcornocal, que porta una inscripción ibérica en su borde, fue hallado repleto de monedas hoy perdidas en 1873 (CIL II, supp., 1892, 6249, 4). Procede de la aldea de El Alcornocal y se conserva actualmente en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid). Su importancia histórica es considerable, no sólo por el hallazgo en sí, indicativo claro de la inseguridad que caracterizó a estas tierras en tiempos prerromanos, sino también por su tipología y, particularmente, por su filiación cultural. Es un cuenco de plata de perfil cónico, con el fondo apuntado y el borde ligeramente engrosado al interior. No presenta decoración, pero sí una inscripción en caracteres ibéricos bajo el borde, que ha sido transcrita como anusa aren a.1 h.4 ki.4, e interpretada como una alusión a la medida o capacidad del vaso, o, mucho más probablemente, al propietario del mismo, a la manera griega.
Es una obra de orfebrería indígena y cronología tardía, inscribiéndose en la problemática planteada por los muy numerosos tesorillos de plata, ibéricos y celtibéricos, que menudean por toda la Península -caso del conjunto recuperado en Marrubial, a la salida de Córdoba-, y que hasta ahora se habían considerado representados en el Norte de la provincia tan sólo por el hallazgo de Los Almadenes (Pozoblanco) Obedecen a un estilo muy austero del trabajo de la plata, con un repertorio limitado de formas, todas ellas de tendencia cónica, propias de la orfebrería celtibérica.
Para su asignación cronológica, además del tesorillo de Los Almadenes -recuperado en las proximidades de Pozoblanco-, podemos tomar, como simple referencia, el conjunto de Juan Abad (Ciudad Real), que incluye un cuenco prácticamente idéntico al que nos ocupa, acompañado de 480 denarios que permiten fijar la cronología en el siglo II a.C.
Entran, pues, en relación todos estos tesorillos con la problemática histórica derivada del proceso de conquista romana del territorio. Momento para el que los propios textos historiográficos de autores contemporáneos confirman la misma impresión de dedicación preferencial a la metalurgia y, consiguientemente, de riqueza en metales de esta zona, de forma particular en plata. Recordemos por ejemplo, a tal efecto, cómo Varrón en el 49 a.C. exigió 20.000 libras de plata a los ciudadanos romanos de la provincia para preparar la resistencia contra César. Y cuando la campaña del 45 a.C., en los momentos finales de las Guerras Civiles entre César y los hijos de Pompeyo, el Bellum Hispaniense nos señala que los soldados pompeyanos abandonaban objetos de plata a fin de entretener y retrasar al enemigo.